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sábado, 29 de agosto de 2009

Brasil, el Caballo de Troya

Situación regional - I











- Política
- LatinoAmérica
- UNASUR


Para aportar a la comprensión de un tema suele ser útil la variedad de enfoques. Diferentes visiones que crucen aseveraciones y dudas permite ir observando aspectos “ocultos” de los actos. Incluso pueden desarticularse discursos que por su hiperexposición mediática parecen “acertados”.
Tras la batalla que Hugo Chavéz perdió en la reunión de Bariloche, se podrá observar por donde llega la avanzada de los Estados Unidos.

Cada sábado publicaremos un artículo que un enfoque, y quizás algún comentario. Pero serán menores, ya que el material es más que elocuente, como este con que abrimos la serie.
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“Brasil el Caballo de Troya. El ALBA el sendero


Por Roberto Cobas Avivar
La Administración Obama golpea la mesa y desdobla su discurso. ¿América Latina a su merced?
La Cumbre de UNASUR, convocada en esencia para tomar posición ante el tratado – ya cerrado – entre Colombia y los EU para la instalación operativa del Comando Sur yanqui directamente en América del Sur, ha puesto de relieve la fragilidad de todo el proceso de integración suramericana.
La ofensiva ingerencista de la Administración del presidente B. Obama ha sido tan agresiva como eficaz. La agresividad es precisamente lo que corona su efectividad. Los estrategas del Imperialismo deciden la agresividad descarnada porque tienen definido que esa es la táctica para golpear a adversarios débiles en el tiempo y el espacio justos. Los procesos sociales que revolucionan la realidad latinoamericana están en ciernes. Por lo tanto, la reversibilidad de los mismos se impone ahora o ya no se logra. La apuesta de B. Obama es arriesgada pero calculada.
La jugada esta vez ha sido dirigida al ego imperial de Brasil. Retomar el terreno perdido por la Administración Busch en América Latina implica el desafío de los intereses de liderazgo de Brasil en la región. Brasil, el Establisment oligarca dueño del Estado, no posee interés en la integración latinoamericana. Esa oligarquía aspira a la hegemonía. Y sobre la identificación de esa aspiración los EEUU trabajan la alianza estratégica con Brasil. Brasil es punta de lanza geoeconómica. Colombia geomilitar. Y sobre esos dos pilares táctico-estratégicos se sueldan las aspiraciones de los EEUU de reconquista del llamado patio trasero.
La reelección (forzada) de A. Uribe y la salida de Lula da Silva acomodan el escenario de la vuelta por sus fueros de los EU. Uribe garantiza la consolidación de la beligerancia contra las FARC y el ELN, y con ello obstruye todo proceso de paz que pueda cambiar el escenario político interno de Colombia a favor de fuerzas progresistas, incluidos los grupos insurrectos. Lula garantiza el regreso soft de la oligarquía a las riendas del poder político decisorio en la mayor economía de la región. Todo ello refuerza desde ya la posición ingerencista de los EEUU de era Obama. Puede afirmarse que el proceso de integración latinoamericana bajo el espíritu del bolivarianismo ha sido sentenciado a muerte. El recorrido de los gobiernos progresistas y revolucionarios en la región tiene fecha de caducidad electoral. La diferencia la hace la revolución bolivariana de Venezuela. Pero los ejes geopolíticos de su reforzamiento quedan en entredichos.

Ante tales evidencias y escenarios UNASUR tiene todas las de convertirse en un organismo retórico. Un foro político de discusión sin perspectivas mediatas de influenciar decisivamente en los acontecimientos regionales. La Cumbre de Bariloche lo ha puesto en clara evidencia. Ha sido precisamente Brasil quien, en la voz de Lula da Silva, quebró la posición casi unánime de rechazar explícitamente en la Declaración final la instalación de bases militares extranjeras en los países miembros de UNASUR. De esa forma Brasil impidió sentar el precedente de una nueva doctrina de pensamiento geopolítico latinoamericano. El arranque de Lula da Silva -límite con la soberbia- reflejó la negativa de Brasil a someterse al consenso de los países latinoamericanos en una materia que a todas luces le restaba el protagonismo de potencia líder a la que tradicionalmente ha tendido el estado oligarca brasileño.
Lula da Silva no podía actuar de otra forma. Los dos gobiernos de Lula nunca pretendieron sentar pautas para la democratización del estado brasileño. Su paso por Planalto se ajustó a legitimar desde el progresismo social la estructura oligarca hereditaria del estado. Lula da Silva no hace presencia en el escenario latinoamericano en representación de los legítimos derechos de la mayoría del pueblo brasileño como lo hacen R. Correa, E. Morales y H. Chávez. Lula da Silva no posee esa legitimación social porque sus gobiernos se han limitado a administrar el poder de la derecha en crisis neoliberal.
Esa es la lectura del claro desencuentro del discurso prepotente de Lula da Silva y la réplica de R. Correa en el debate final de Bariloche. Mientras que el primero reprendía al segundo e imputaba a todos los Presidentes presentes querer imponer sus posiciones sobre el tratado entre Colombia y los EEUU, hacía valer la superioridad de la suya invocando a respetar el derecho soberano de Colombia. La réplica de R. Correa le señalaba que de lo que se trababa, según el sentir del resto de los Presidentes, era de sentar las pautas para una nueva doctrina geopolítica en América Latina. La posición de Brasil defendida por Lula da Silva no sólo frustró la posibilidad de ese consenso, sino que avaló abiertamente la estrategia yanqui. Las bases se respetarían como un derecho de Colombia, siempre y cuando los EU se comprometieran dando garantías jurídicas a no hacer uso de las mismas en contra de la soberanía de los países miembros de UNASUR. La oportunidad para un precedente político en la región de dimensión histórica naufragó. La calidad de las garantías jurídicas de los EU sobre sus acciones no amerita comentarios.

Sin dudas los vencedores del pulso político han sido los EU y, colateralmente, el gobierno de A. Uribe. ¿Victoria pírrica? Las 7 o más bases operacionales militares de los EU en Colombia constituyen un veredicto de liquidación de la insurgencia y, consecuentemente, del programa sociopolítico progresista que han intentado defender. Colombia se sumirá en un proceso de “pacificación” militar que se cuidará de no darle el toque de gracia al para-militarismo y buscará una reconciliación politizada con el para-poder del narcotráfico. La estrategia interna consiste en recomponer el poder político de la oligarquía y reconstituir un estado reaccionario con “rostro humano”. En la imbricación externa, el eje de integración progresista de la región quedará desbalanceado por los tirones que estarán dándole Colombia y Brasil en alianza con los EU.
Sin embargo, la reconquista yanqui del “patio trasero” no podrá consumarse militarmente. Será necesaria una penetración económica de nuevo signo. Por cuanto no es posible reconvertir a América Latina en el gran mercado que necesitan los EU para enfrentar la crisis económica estructural en la que están sumidos. La bancarrota del Consenso de Washington para la región no deja campo de acción. Esa tensión geoeconómica constituye el único resquicio que puede ser explotado a su favor por los procesos integracionistas progresistas.
Se trata en primer lugar de las potencialidades de desarrollo y expansión del ALBA. Contrariamente a como se ha venido interpretando, el golpe de estado en Honduras no constituye un golpe directo al ALBA. Todo lo contrario. Si anteriormente el acercamiento de Honduras al ALBA era un gesto tímido desde el estado oligarca, ahora, gracias al golpe, se presenta como la clara alternativa de progreso ante los ojos de la mayoría de la población. Esa mayoría constituye ya una potencial opción de poder político en Honduras.
El ALBA se encuentra ante el desafío de consolidarse a marcha forzada en el ámbito de los países que hoy lo integran. La acumulación de fuerza y el dinamismo de la economía del grupo no se lograrán con el desmedido crecimiento de sus miembros. La estrategia de su consolidación no puede ser otra que lograr un salto de nivel cualitativo en la integración económica. Cuyos resultados en el mediano plazo (5-10 años) repercutan de manera evidente en los niveles de vida de los países miembros. Para ello la integración económica ha de abrir paso de manera dinámica a la integración social. Los países miembros han de convertirse en una zona geopolítica de franco intercambio de bienes, capitales y ciudadanos.

La estrategia de expansión debe afincarse en el desarrollo tecnológico y en los sectores terciarios de la economía. El eje del desarrollo socioeconómico ha de centrarse en el cambio de la matriz energética fósil hacia las fuentes renovables. Por lo tanto, Venezuela debe pasar a ser la locomotora ecológica del desarrollo económico del ALBA. La era del petróleo debe declararse oficialmente muerta. La correlación entre la exportación del crudo y la reinversión de los recursos en pos de la conversión de la matriz energética en las economías del ALBA ha de ser directamente proporcional. Ello permitirá la veda estratégica de gran parte de las reservas del crudo tanto del venezolano como de las potencialidades cubanas.
La concepción de la expansión económica del ALBA que ha ser discutida y consensuada por sus miembros es la del crecimiento cero y la economía estacionaria. Se trata de la idea del equilibrio social como antítesis del crecimiento exponencial que necesitan para existir las sociedades desiguales. Los pueblos de los países miembros han de tener la palabra. Ahora, mañana siempre será demasiado tarde.
> http://www.kaosenlared.net/noticia/100144/integracion-latinoamericana-era-imperialista-obama

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martes, 26 de mayo de 2009

La izquierda a la derecha








Política - LatinoAmérica

Es necesario reiterarlo.
Fueron cinco microensayos publicados en octubre de 2004. Presentando una novedosa lectura sobre las tendencias ideológicas, un concepto de plena vigencia por lo menos en la región LatinoAmericana. Sobre el cual el ex Vicepresidente de Nicaragua Sergio Ramírez hace comentarios muy actualizados, suponemos sin conocer los microensayos mencionados. En los que involucra a Oribe y Lula, por ejemplo, como paradigmas del “acercamiento” sugerido en el título.
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Las habas del diablo
Sergio Ramírez

Lula da Silva, el dirigente obrero metalúrgico que llegó a la presidencia de Brasil respaldado por una variada coalición de partidos de izquierda, sindicatos y movimientos populares, se encamina hacia el fin de su segundo mandato, según lo permite la constitución, y hasta ahora ha dicho que no pretende un tercero. La propuesta de que se presente de nuevo a las elecciones, la ha calificado como "insensatez pura", aunque hay entre sus allegados quienes insisten en convocar a un plebiscito en septiembre, que le abriría las puertas de la continuidad. Es sólo su voluntad la que pesaría en esta decisión, porque el plebiscito seguramente lo ganaría, si tiene una cota actual de 80% de popularidad.


Hay que confiar en que los cantos de sirena, pues las sirenas que medran en los palacios presidenciales multiplican sus halagos a la hora de las reelecciones, no lo apartarán de la "sensatez pura". Cuando una vez le preguntaron qué pensaba de la reelección indefinida propuesta por Chávez, respondió: "yo sólo puedo hablar por Brasil y pienso que Brasil no puede jugar con una cosa llamada democracia" mucha gente sufrió para consolidarla". Son opiniones de un estadista que se ha hecho a puro pulso porque no salió de ninguna universidad.
Con esto no hacía sino recordar que Brasil había padecido una dictadura militar de veinte años, entre 1964 y 1985, y antes, la dictadura de un líder populista, Getulio Vargas. Lo cual no es una referencia gratuita para un continente que ha soportado en el pasado las tiranías como una maldición de la historia; y no pocas de ellas comenzaron con gobernantes al principio populares, electos de buena fe por los votantes, que se sintieron favorecidos, o seguros, bajo su mando.
Y es aquí, en la voluntad de quedarse en el poder, eso que siempre hemos llamado continuismo, donde la frontera entre izquierda y derecha se borra. El presidente Álvaro Uribe de Colombia, tiene 70% de respaldado popular, y aunque insiste en que su reelección para un tercer período "no sería conveniente", ya el Congreso que él controla abrió las puertas para llamar a un referéndum donde es seguro que la población diría que sí a que siga en el poder. Su rechazo parece nada más un trámite escénico, rehusar la corona para terminar poniéndosela de todos modos.
De uno y otro lado, entonces, se cuecen las habas del diablo, en los calderos de la izquierda, y en los calderos de la derecha. El presidente Chávez perdió el referéndum por el que buscaba quedarse para siempre, pero luego ganó otro, que le permite quedarse todo el tiempo que quiera. Nadie puede decir que ni en Colombia ni en Venezuela no se trate de acciones legítimas, porque los mecanismos legales son cumplidos y se llama a los votantes a decidir. Pero no siempre lo legítimo viene a ser lo sensato, o como dice José Saramago, "la primera precaución consistirá en no confundir nunca la ley con la justicia". O con la sensatez. Porque eso de querer quedarse un gobernante, porque se cree imprescindible, es una historia que las más de las veces termina en tragedia, y para esto sólo basta repasar nuestra historia.

Muchos quieren quedarse, y todos alegan buenos motivos, el primero de ellos la obra inacabada, el proyecto político personal que requiere de más años de los que tiene un simple período presidencial. El peligro de que otro eche a perder lo logrado. Viejas razones, viejos pretextos. Es una especie de fiebre mesiánica que parece estar de vuelta, como un péndulo que no cesa de ir y venir en la historia. Evo Morales, el presidente de Bolivia, Rafael Correa, el presidente de Ecuador, y hasta Manuel Zelaya, el empresario ganadero presidente de Honduras, quiere quedarse también, alentado por el ejemplo de Chávez, quien parece ser el arquetipo de la nueva era de continuismo que se cierne sobre nuestras cabezas.
Y para eso tampoco se necesita ser popular, ni ganar un referéndum con amplio margen. En el caso del presidente Daniel Ortega, el 66.4% de los nicaragüenses rechaza su reelección, y sólo el 17% aprueba su gestión en el gobierno, según una última encuesta. Y ya tenemos la muestra del fraude electoral en las elecciones municipales del año pasado, una especie de ensayo que demuestra su voluntad para reelegirse a cualquier costo, no importa lo que la mayoría piense.
¿Será ésta la nueva regla política latinoamericana, la del líder único y perpetuo, debidamente electo, o, si es preciso, electo fraudulentamente? Algunas veces escucho decir que la reelección sin fin es un asunto común a la democracia europea, y que los primeros ministros y presidentes de gobierno permanecen en el poder mientras los votantes sigan eligiéndolos, y no por eso la democracia sufre mengua. ¿Por qué no, entonces, también entre nosotros?
Lo que deliberadamente se olvida, al usar este argumento, es que se trata de regimenes parlamentarios, donde los pesos y contrapesos institucionales se hallan debidamente establecidos, los tribunales de justicia funcionan de manera independiente a la voluntad arbitraria del poder político, y hay controles estrictos para impedir los actos de corrupción que en América Latina vienen a ser peor que plaga de langostas. A nadie se le ocurre tampoco usar artimañas para reprimir partidos políticos, acallar a la sociedad civil, apañar el nepotismo, o comprar al remate la voluntad de los diputados en los parlamentos para lograr reformas constitucionales.
Y también se olvida que si nuestras constituciones tanto se empeñan en prohibir la reelección, por lo que lo primero es correr a reformarlas y quitarles los candados que tienen puestos contra el continuismo, es porque las experiencias de nuestra historia así lo han mandado, y nos enseñan que las reelecciones han desembocado siempre en tiranías.
Hay que buscar como apagar entonces los fuegos donde se cuecen las habas del infierno, en unos y otros calderos.”
Masatepe, mayo 2009.
> http://www.sergioramirez.com/
> http://www.ar.terra.com:80/terramagazine/interna/0,,OI3786580-EI12868,00-Las+habas+del+diablo.html